Empezando por el principio viaje por los andes en 2000

re-capacitar. Tod@s podemos viajar libres
Viaje por los Andes centrales (Mendoza) en el año 2000
1218300743_12e4a755a7_oCómo a mí me gusta, comencé en el mundo de los viajes, y en estas fechas incluido dentro del ámbito del de la montaña por el final. Pasé de ir de veraneo a Albacete a Mendoza (Argentina).
Cuando haces montaña en Madrid el planteamiento formal, de forma fáctica, en el que has de realizar esta actividad es:
1. Por la sierra de Madrid
2. Por Gredos
3. Por los Pirineos
4. Por los Alpes
Y después ya está «permitido» conocer el resto del mundo.
Cualquier otra cosa está tildada de locura, como poco de excentricidad; pero aún así este planteamiento formal me resulta insatisfactorio. ¿Que pasa con la gente que nace en Argentina?, ¿se vienen a la pedriza a aprender a escalar?. Que tontería. Aún así ser un «verso suelto», me costó bastantes críticas, cosa que con 20 años recien cumplidos te importa más de la cuenta. Decidí conocer los Andes «antes de tiempo».
Como era el único con trabajo y posibilidad de viajar, no tenía compañero, ni posibilidad de tenerlo para esta aventura. Así que decidí meterme en un foro de montañismo para buscar un compañero de viaje. El plan fué ir a los Andes, a la zona cercana al Aconcagua, sin intención de ascenderlo, durante una quincena en Noviembre.
Unos días después de lanzar el post con la idea, obtengo respuesta. Quique, un agente forestal de Teruel, algunos años y mucho más fuerte que yo. Le gusta el plan, pero el tiene la suerte, de que cuando tengo que volver, poder quedarse más días para ascender el techo de América.
Haciendo una sinopsis del comienzo, la primera vez que monto en avión es para saltar el charco en un vuelo de 20 horas y una escala, sin idiomas, excepto un inglés básico. Al llegar a Buenos Aires, vamos directamente a la estación de autobús de Retiro, pues no existe nada que ver distinto a la montaña. Tras, me parece recordar, quince horas en autobús, todavía emborrachados por el ajetreo, el choque cultural (no se puede usar el verbo coger), llegamos a la terminal de Mendoza, estado en el que se encuentra el Centinela de Piedra que es otro de los nombres con el que se conoce al Aconcagua.

En una segunda parte, estoy haciendo todo de memoria, no llevaba todavía diarios de viaje, ni usaba una camara dígital, en la que apoyarse para evocar la secuencia cronológica de los sucesos; en ese aspecto usaba una Nikon F-80 (analógica) con carretes de diapositiva.A continuación fuimos al club andino de mendoza, donde a parte de conocer gente, nos dieron indicaciones para ir a una zona muy interesante que por ahora solo conocen los locales, cosa que durará poco. Lo que se llama un «secretivo». El circo de Vallecitos. Nos dieron un mapa de cordales, un croquis muy simple que apenas da indicaciones, para que pudiésemos subir algunos cerros.

Tras pasar algún día más en Mendoza, con nuevos amigos informándonos del lugar, tomamos un bus a las pistas de esquí de Potrerillos y Vallecitos, desde donde se accede a un espacio donde se puede plantar la tienda y tener la base.

1219164926_11ec074a18_oEn lo que son montañas, un día, lo invertimos en llegar, otro en andar por allí cada uno libremente, cosa que hicimos por separado. Subimos a los cerros Adolfo Calle y Stepanek ambos de 4.200 metros. El tercer día intentamos subir el pico Franke, un pico de más de 5.000 metros con una subida muy poco empinada y muy, muy larga. Ese día sufrimos una fuerte tormenta de viento blanco. A esas alturas yo estaba muy cansado. LLegó un punto donde por prudencia, el viento literalmente te hacía volar cuando te soplaba a favor, y también me encontraba muy cansado por la altura y la actividad anterior, me dí la vuelta. Al caer la tarde, cuando llegó Quique, había llegado hasta la cima. La verdad es que tal y como soplaba el viento; si no se vive el viento blanco es prácticamente imposible de imaginar, no sé como lo consiguió. La verdad es que fué un indicativo de la gran fuerza que demostró todo el viaje.

Volvimos a bajar a Mendoza, donde hicimos una pausa antes de decidir el siguiente movimiento. La elección fué ir a conocer la Quebrada de Horconoes, que es el valle glaciar que da acceso al Aconcagua.

Cargados con unas mochilas enormes con toda la parafernalia, incluida tienda y piolets (que no llegamos a usar nunca). Tomamos un omnibus que nos dejó en un refugio en el Puente del Inca. Aquí pudimos recabar algo más de información y hablar con el encargado.

Un día nos invitó a bañarnos en unas piscinas de aguas termales anexas al refugio. Quique fué, pero yo, que siempre he sido muy de secano, no, preferí quedarme en mi litera descansando. Finalmente cuando ví el aspecto y talante recuperado y pletórico de mi compañero, me arrepentí de no vencer mis resistencias a ir a una piscina hecha en el suelo.

Desde aquí, para variar, continuamos con mal tiempo el resto de la «aventura».

Desde la entrada al Parque Nacional de Aconcagua, fuimos hasta el Campo Confluencia y volvimos, creo que invertimos tres días, uno más de lo normal. Ibamos sólo a conocer la zona, ni expedición ni nada, Respecto a la meteo el tiempo era nublado con un viento fuerte, que esta vez permitía moverse, pero muy húmedo, caía aguanieve, que se pegaba en la ropa y el pelo y se congelaba. Llegamos al Campo Confluencia, 3.400 metros, que es el primero que se establece para subir al Aconcagua.

Desde aquí volvimos a bajar otra vez a Mendoza. Aquí Quique y yo nos separamos, pues tiene más días de vacaciones con los que subirá el Aconcagua.

Tras descansar, tomé otra vez el omnibus de Mendoza a Buenos Aires. Esta vez he cogido un asiento en primera clase para soportar la travesía. Me lo he ganado.

Otro vuelo de más de 20 horas con una larga escala en Charles de Gaulle. Esta primera aventura ha terminado y me encuentro otra vez en Madrid.